Salamandra

Miro a la salamandra. Está en el techo, boca abajo. Desde mi posición contemplo la jugada completa. A un metro de ella se ha posado, también boca abajo, un mosquito, pero no lo ve con esos ojos negros que tánto destacan  sobre su piel de silicona. Se mueve en dirección contraria, sin encontrar nada que engullir. Hace un rato había otra salamandra más por la terraza. En algún momento ambas se aproximaron y pensé que se encontrarían, pero la primera se esfumó por la pared del edificio.

En los últimos días me entretengo observando a los animales. Por casa trasiegan reinitas, que son unos pajarillos de colores, mosquitos, hormigas y lagartijos. MUY CERCA DEL MOSQUITO AHORA, que tampoco reacciona ante la presencia de la salamandra. Ésta vuelve a tomar un camino equivocado. Siento una alegría instantánea cuando las reinitas entran al baño o la cocina, o pasan volando por el salón. Los lagartijos son buenos porque se alimentan de mosquitos y capaces de unos enormes saltos, sin motivo aparente, entre la palma y los cables de la televisión. También sigo con interés la evolución de las hormigas para aprovisionarse, y me apenan las matanzas que realizo entre sus filas de obreras.

El mosquito sigue en su posición, detenido, mientras la salamandra ahora se desplaza verticalmente por la columna que tengo a mi izquierda. A centímetros de ella distingo unas motas negras, que quizás sean insectos. Aunque las superficies son rigurosamente blancas tampoco repara en este reclamo visual. Gira sobre sí y toma de nuevo el techo. Sospecho que la visión de la salamandra es reducida, pero dudo de que perciba a sus presas por el olor, ¿exhalarán los mosquitos, escarabajos y polillas alguna fragancia inconfundible para ellas?, ¿los detectan por el movimiento?

Anochece y me pregunto si hoy también habrá partido de NBA en la televisión.

Cuántas novelas

Retomo este blog después de algunos meses de divorcio. En todo este tiempo terminé mi tesis doctoral, viajé a La Habana y sufrí un terremoto en la Ciudad de México. La razón de este post es que acabo de leer un mensaje escrito por un tal Diego que necesitaba registrar y era demasiado largo para incluirlo en el facebook. Y también porque se me ha ocurrido que mi blog puede ser un aliado para vencer el tedio que se ha apoderado de mí. Acabé la tesis hace exactamente tres días y desde entonces me siento abandonado.

El párrafo de Diego está escrito en la segunda página del último libro que compré en Salvation Army. El Salvation Army es una tienda de ropa y artículos de segunda mano que se ha convertido en mi proveedor azaroso de libros. Con él guardo el compromiso, además, de leer lo que me lleve (el precio fijo es de 1 dólar). El primer libro fue Freya, la de las siete islas, de Joseph Conrad. Luego ocurrió lo mismo con Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender, El tren llegó puntual de Heinrich Boll, El eterno marido de Dostoievski y Dublineses, de Joyce. Sólo he incumplido mi promesa con Las confesiones de San Agustín. La otra fuente de libros confiados a la sorpresa se ubica en Río Piedras. Es un almacén en la Ponce de León cuyos ejemplares yacen a merced del lector, pues ni siquiera tienen quien les guarde. Mi pacto con ellos es que debo distraerlos sin pagar. Éstos no incluyen, al menos inmediatamente, el pacto de lectura. La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa fue mi adquisición inicial, y hace sólo unos días robé un ejemplar de 1983 de la revista La Torre , donde aparece un delicioso artículo de Esteban Tollinchi sobre la figura del artista romántico.

El libro que acabo de cerrar se titula El arte de la novela, recopilación de artículos, entrevistas y conferencias de Milan Kundera, a quien había  leído de adolescente y luego había perdido la pista. Tuve curiosidad por saber las fechas de los artículos y al buscarlas en el índice me topé con esta otra novela por azar. El mensaje de Diego está escrito en mayúscula, con bolígrafo negro,  y dice así:

“Laura:

Novelera que sos vos, “El arte de la novela” será un libro para que reflejes tus acritudes [quizás dice “actitudes”] diarias. Espero que tu viaje a Buenos Aires no haya sido una novela sino una historia para tu novela. Besos y re-besos,

Diego 1/9/99”

Diario de La Habana. 21 de septiembre de 2011.

Ya volví a Puerto Rico. Escribo esto para cerrar la primera entrega del diario, porque es posible que lo retome a finales de octubre, cuando regrese a La Habana. En mis dos últimos días allí intenté, sin éxito, publicar lo que había escrito, que era una entrada bastante larga donde recapitulaba estas tres semanas en Cuba. Me acuerdo de que incluso citaba a Brecht, así que ahora me alegro de mi fracaso tecnológico. Mejor así.

Ayer fui a la playa y esta mañana tuve que pasar por la lavandería. De estas pequeñas rutinas está hecha mi vida en San Juan. La terraza, la playa, la lavandería, algún café, la casa de Alejandro, el morro, Río Piedras, la Ponce de León. Los lugares aparecen suspendidos, desconectados. La soledad y el placer de la moto han aumentado la sensación de levedad que los une.

Diario de la Habana. 14 de septiembre de 2011.

Me estoy acordando de la historia que nos sucedió en Trinidad. Estábamos en casa de una gente que vende tabacos de contrabando, amigos de Mario a quienes quería que conociera. Nos hablaron de su proveedor de La Habana, que esos días también pasaba por Trinidad. Ayer iba en un camión junto a otros amigos cuando se les cruzó una vaca en el camino que provocó un rápido volantazo del conductor. Entones el infortunado cayó del camión, que a su vez volcó sobre él y lo mató.

Y allí enfrente, sobre una cama antigua en una pequeña habitación interior, encalada, habían extendido las cajas de su tabaco para los posibles compradores. Ese era su velorio simbólico.

En estos últimos días cubanos crece el trabajo y mengua el tiempo de tesis. No obstante, hoy le dediqué parte de la tarde, con la misma sensación de no saber por dónde hacer evolucionar el capítulo. Supongo que ya he dicho todo lo que merecía la pena. Mañana comienzo con el cierre.

Diario de La Habana. 13 de septiembre de 2011.

Llego de la calle después de salirme del cine. La humedad aún me tiene sudoroso. En los últimos días varias películas me invitaron a alcanzar el pasillo antes de tiempo. Primero el engendro fascistoide denominado Hanna, luego pensé en hacer lo mismo con Desconocido, de similar inclinación ideológica aunque un poco más sutil en su puesta en escena, y ahora no me pude resistir con Agnosia, otra de esas películas españolas que sólo sirven para cuestionarse el pobre destino de los fondos públicos de promoción cinematográfica.

Televisión: un documental sobre Le moulin de la Galette. Hablan especialistas sobre el tipo de pincelada de Renoir y los volúmenes de la composición. Por el espacio que aparece entre los personajes del sector inferior-izquierda Renoir nos invita a que participemos del baile.

Poco que contar. Día de rutina, con algunos trámites en la mañana y dedicado a la tesis por la tarde. Dificultades para concentrarme, sin el hilo de los argumentos en los que pretendía extenderme. Muy incómodo y somnoliento, aunque he aprendido a no descartar este tipo de material. A veces es mucho mejor que el que surge más inspirado. Cuando lo revise, en dos o tres semanas, sabré si sirve. Mañana se prevé un calco de hoy.

Diario de La Habana. 12 de septiembre de 2011.

De vuelta en La Habana. Títulos de crédito de El cabo del miedo, de Scorssese, así que tengo poco tiempo.

Ya he borrado en dos ocasiones los párrafos que he escrito a partir de esta primera frase. Hablaba de lo que había hecho hoy, pero he empezado a sentir pudor, como si todo esto, además de no interesarle a nadie, fuera simplemente un error y no debiera continuarlo. Demasiada exposición sin propósito alguno, sumado a que los pocos que se hayan dado una vuelta por estas entradas se habrán decepcionado. Ningún interés, ni novedad, ni sorpresas, ninguna excusa para leerlas.

Lo dejo por hoy. Sigo muy cansado. Hace un tiempo no sabía a qué podían deberse estas fases de cansancio sostenido, pero ahora sé que tienen que ver con momentos de trabajo mental intenso. En la tele las cosas se están poniendo peliagudas entre Robert de Niro y Nick Nolte.

Diario de La Habana. 8 de septiembre de 2011.

Menudo escándalo. Estoy en la terraza. A mi izquierda una ambulancia se estaciona en la puerta de emergencias del Calixto García. Desde su interior una mujer insulta a pleno pulmón a la policía, que llegó tras ella. Se forma un tumulto de celadores, policías y curiosos en torno al vehículo, aún cerrado. En los próximos minutos aparece otra patrulla y algunos doctores avanzan hacia la ambulancia, ahora ya con las puertas abiertas, lo que permite escuchar con mayor claridad los alaridos de la mujer. Parece que quieren sedarla, pero ella se niega.

Entonces evalúo mi posición respecto a lo que contemplo. Me sorprendo en una ligera acusación contra quien perturba el orden, en el íntimo deseo de que la policía haga su trabajo y aplaque a la mujer. Prefiero que la razón caiga del lado del poder.

Y supongo que aquí reside su clave, en algo mucho más sutil que las razones y menos fatigoso que los argumentos: en ese “las cosas son así”. Porque el poder son las formas que adopta el lenguaje antes de ser discurso, el engrudo de realidad que sustituye al fatigoso compromiso de imaginar (perdónenme la sentencia).

Los próximos tres días estaré de viaje y no podré escribir en el diario.